Ciudad y Paz

dominikos-respublika-70330130Tres rasgos caracterizan las grandes urbes contemporáneas: la emergente pluralidad, la aceleración de los ritmos de vida y las desigualdades de orden social y económico. Los tejidos sociales de las grandes ciudades del
mundo integran en su seno una gran diversidad de identidades colectivas, de etnias, minorías y comunidades diversas y muy distintas unas de otras.

Esta pluralidad constituye un reto decisivo para la construcción de la paz, pues fácilmente se produce una incomunicación entre estos subconjuntos, pudiendo devenir en una fragmentación tal que imposibilite el diálogo y la interacción. La edificación de la paz requiere la existencia de nexos, la deconstrucción de prejuicios, la cohesión social. Para ello, es fundamental hallar pretextos, razones para cohesionar las comunidades morales extrañas entre sí con el fin de reconocer lo que las une.

Volviendo al orden social y económico, la aceleración de los ritmos de consumo y producción también es un fenómeno característico de la ciudad. Esta situación genera formas de desequilibrio y todo tipo de patologías físicas y psíquicas, conduciendo a lo que se ha denominado una “sociedad del cansancio” (Bium-Chul Han, 2012), que violenta los ritmos naturales de vida y engendra situaciones de conflicto violento.

Por otro lado, el factor género es determinante. Las mujeres sufren un alto grado de victimización en el espacio público urbano. La realidad es que las mujeres todavía encuentran muchas trabas culturales que les dificultan el paso de lo privado a lo público, de lo doméstico a la participación ciudadana, aunque esto también responda a situaciones específicas de clase.

Este espacio público, en tanto lugar geográfico de la acción, posee dimensiones no sólo físicas, sino sociales y simbólicas. El espacio-tiempo es el escenario, el soporte físico para actividades cotidianas orientadas a la satisfacción de necesidades urbanas colectivas, siendo además fuente de creatividad e imaginación en el plano de lo individual (Virginia Vargas, 2007).

Es en el marco de estas dimensiones donde se desarrollan las prácticas excluyentes que procuran someter las actitudes y participación de las mujeres a los cánones sociales tradicionales. Se produce, por tanto, una auto impuesta exclusión de lo público que tiene como resultado una inclusión precaria en los sistemas de la ciudad (educación, fuentes de empleo, salud). Conviene no perder de vista que la organización y conformación de las ciudades responde a la forma de organización de la sociedad, regida por la formación de clases y roles diferenciados de género, con la consecuente división sexual del trabajo. Un ejemplo puntual es el hecho de que, a pesar de la creciente incorporación de las mujeres al trabajo formal remunerado, no se ha producido el mismo nivel de abandono de las tareas domésticas y de cuidado, ni tampoco un aumento considerable de su influencia en los procesos de toma de decisiones políticas.

Si bien la tecnología ha hecho posible la aceleración de las comunicaciones y de las interacciones, todavía no ha servido para liberar tiempo para desarrollar actividades que estimulen la creatividad y la cohesión social (muchos teóricos opinan hoy todo lo contrario). La prisa con la que vivimos en la cotidianidad no se debe únicamente al factor tecnológico, sino sobre todo a la globalización de la economía neoliberal que conduce a un turbocapitalismo (Giddens, 1999) cuyo fin es obtener el máximo beneficio con el mínimo coste posible. Porque la paz requiere de procesos de diálogo, de conocimiento mutuo, de inclusión, deben recuperarse los ritmos naturales y rechazarse la violencia que se le impone al ser humano para extraer de él el máximo rendimiento en el menor tiempo posible. La persona humana no puede seguir siendo un medio para la obtención de determinados fines.

Finalmente, la paz a su vez requiere, como condición de posibilidad, la justicia. De ahí se deriva que para edificarla es vital luchar contra las desigualdades, cualesquiera que sean. A mayor desigualdad mayor miedo, y éste último conduce a una sociedad de la vigilancia y del control; a un panóptico que fiscaliza cada movimiento de las y los ciudadanos y les priva de sus libertades fundamentales.

Edificar la paz en las ciudades exige edificar puentes y fortalecer los lazos de la cooperación y el entendimiento mutuo. La dialéctica del señor y el siervo que se asume en tantas instituciones y organizaciones es un obstáculo fundamental. Ella impone una equidad de derechos bajo la óptica del respeto hacia la singularidad de cada identidad.

Surgen, entonces, los siguientes interrogantes:

1. ¿Qué caminos y procesos pueden contribuir a pacificar las grandes ciudades?
2. ¿Qué cambios pueden contribuir a hacer de ellas esferas de acogida donde todo ser humano, más allá de sus particularidades, pueda vivir dignamente?
3. ¿Cómo reducir la inseguridad y exclusión que experimentan las mujeres en el espacio público a fin de que puedan tener una participación más plena en los espacios de poder político?
4. ¿De qué forma repensar las estrategias de seguridad implementadas en los planos nacional y local, tomando como base los principios de igualdad y acceso equitativo a las cuotas de poder?

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